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Libertad
El día que informaron a su madre de la muerte de su padre fue el comienzo de la terrible pesadilla familiar. Su padre había muerto, pero nadie supo decirles dónde ni cuándo. Se escuchaban historias encontradas, muchos bulos, o murmullos en todas las esquinas del pueblo, iban desde las más benévolas que le había dado un infarto en el campo de batalla, hasta las más cruentas y crueles, que lo habían colocado amarrado a un poste junto con cien más y los habían quemado vivos a todos. En el pueblo se escuchaba un siseo y un murmullo a cada instante. Luego ese murmullo se volvió una constante, porque fueron muchos y de todos lados. El odio fue creciendo como un reguero y se extendió hasta hoy, en una amalgama de ignorancia, reconcomio y olvido mezclado con los nuevos episodios de la postguerra y la transición.
Después de la muerte de su padre fueron expulsados de la casa del pueblo y acusados de republicanos, tuvieron que refugiarse en una cueva.
Su tía le contaba.
-Madre la tenía como un palacio y nunca dejaban de comer algo. La pobre enflaquecía día a día y en invierno se enfermaban de gripes que podían ser mortales. La tuberculosis hacía estragos y llegó un día que madre enfermó y murió.
Los niños fueron repartidos y entregados a los colegios de huérfanos de la dictadura. Los hombres mayores al colegio de guardias jóvenes en Segovia y las niñas a los colegios de monjas. Él había crecido robándole a la vida las palabras. Leyendo en las pequeñas enciclopedias del colegio y alimentando su espíritu con algunos libros en la biblioteca. Su madre les contaba cuentos todos los días. Ella misma los inventaba. Tenía una letra maravillosa. Ella y su padre eran sus figuras admiradas. Unos héroes desaparecidos en pleno combate. Siempre soñaba con ellos y detestaba la dictadura. Aquel señor pequeñito de bigotes que estaba por todas partes como una obsesión fatal como para que no se olvidaran nunca de su figura. No le gustaba ni siquiera mencionar su nombre.
Dedicarse a la seguridad. Perseguir rebeldes en las montañas. Encarcelar enemigos del gobierno. A veces sentía la necesidad de ser como ellos, pero hubiera terminado en el paredón como su padre, quizás más rápido.
Su fortuna era una maleta de cuero y madera, un poquito dinerillo para sobrevivir y tres fotografías de la familia. Una de su padre, otra de todos sus hermanos que les tomaron en el estudio del pueblo y una tercera de su hermanita pequeña con los lentes oscuros, ella había perdido un ojo. Le habían colocado un ojito de vidrio. La foto de su padre era solo de carné. Un hombre recio, muy serio, muy bien peinado, con un amplio bigote. Esas fotos eran sus tesoros y la de su adorada noviecita. Una foto pequeñísima, firmada por Rizo y tomada en Xinzo de Limia, el lugar donde se había casado. En ella aparecían felices y risueños. Ella le había dado a su familia, compartir las comidas como cuando estaban todos juntos, madre, padre y sus hermanos. Ella le trajo nuevamente los deseos de vivir y los sueños. Ella había apagado su tristeza. Sus suegros eran sus padres sustitutos, campesinos honestos, labriegos de pantalones de pana y navaja en el bolsillo, de pan negro y tocino, de jamón y cocido humeante.
En la foto ambos aparecían caminando por un camino lleno de arboles grandísimos, la calle de la Alameda. El, vestido de guardia, elegantísimo, con un abrigo hasta debajo de la rodilla, botas negras de cuero y un cigarrillo en la mano derecha, la otra mano enganchada a la de ella que respiraba vida por todos sus poros, con pelo largo, castaño claro ondulado, un traje de chaqueta marrón y zapatos negros de charol con pendientes, casi se podía sentir la conversación. El fotógrafo había captado aquel momento de amor y ese testimonio se conservaba intacto en su pequeña billetera de cuero.
El día que la vio por primera vez fue a su llegada a Galicia. La muerte de su padre era una obsesión. Nunca supo cuál lugar fue el fusilamiento, siempre dijeron que fue en Espejo, no hubo restos que guardar, ni cuerpo que velar, no hubo certezas y confirmaciones de esa muerte. Siempre estuvieron esperando algo. Pasaban los años y seguían esperando algo. Su madre murió esperando aquella noticia para hacer el funeral. Para el su padre siempre fue un héroe, a su muerte todo cambió y una gran mayoría de la gente del pueblo les dio la espalda. Se quedaron sin nada, les quitaron la casa, los muebles, y hasta la ropa, los expulsaron, ellos eran culpables, ¿pero culpables de qué y por qué?
En esa guerra, ni en ninguna guerra había compasión.
R.T.
El día que informaron a su madre de la muerte de su padre fue el comienzo de la terrible pesadilla familiar. Su padre había muerto, pero nadie supo decirles dónde ni cuándo. Se escuchaban historias encontradas, muchos bulos, o murmullos en todas las esquinas del pueblo, iban desde las más benévolas que le había dado un infarto en el campo de batalla, hasta las más cruentas y crueles, que lo habían colocado amarrado a un poste junto con cien más y los habían quemado vivos a todos. En el pueblo se escuchaba un siseo y un murmullo a cada instante. Luego ese murmullo se volvió una constante, porque fueron muchos y de todos lados. El odio fue creciendo como un reguero y se extendió hasta hoy, en una amalgama de ignorancia, reconcomio y olvido mezclado con los nuevos episodios de la postguerra y la transición.
Después de la muerte de su padre fueron expulsados de la casa del pueblo y acusados de republicanos, tuvieron que refugiarse en una cueva.
Su tía le contaba.
-Madre la tenía como un palacio y nunca dejaban de comer algo. La pobre enflaquecía día a día y en invierno se enfermaban de gripes que podían ser mortales. La tuberculosis hacía estragos y llegó un día que madre enfermó y murió.
Los niños fueron repartidos y entregados a los colegios de huérfanos de la dictadura. Los hombres mayores al colegio de guardias jóvenes en Segovia y las niñas a los colegios de monjas. Él había crecido robándole a la vida las palabras. Leyendo en las pequeñas enciclopedias del colegio y alimentando su espíritu con algunos libros en la biblioteca. Su madre les contaba cuentos todos los días. Ella misma los inventaba. Tenía una letra maravillosa. Ella y su padre eran sus figuras admiradas. Unos héroes desaparecidos en pleno combate. Siempre soñaba con ellos y detestaba la dictadura. Aquel señor pequeñito de bigotes que estaba por todas partes como una obsesión fatal como para que no se olvidaran nunca de su figura. No le gustaba ni siquiera mencionar su nombre.
Dedicarse a la seguridad. Perseguir rebeldes en las montañas. Encarcelar enemigos del gobierno. A veces sentía la necesidad de ser como ellos, pero hubiera terminado en el paredón como su padre, quizás más rápido.
Su fortuna era una maleta de cuero y madera, un poquito dinerillo para sobrevivir y tres fotografías de la familia. Una de su padre, otra de todos sus hermanos que les tomaron en el estudio del pueblo y una tercera de su hermanita pequeña con los lentes oscuros, ella había perdido un ojo. Le habían colocado un ojito de vidrio. La foto de su padre era solo de carné. Un hombre recio, muy serio, muy bien peinado, con un amplio bigote. Esas fotos eran sus tesoros y la de su adorada noviecita. Una foto pequeñísima, firmada por Rizo y tomada en Xinzo de Limia, el lugar donde se había casado. En ella aparecían felices y risueños. Ella le había dado a su familia, compartir las comidas como cuando estaban todos juntos, madre, padre y sus hermanos. Ella le trajo nuevamente los deseos de vivir y los sueños. Ella había apagado su tristeza. Sus suegros eran sus padres sustitutos, campesinos honestos, labriegos de pantalones de pana y navaja en el bolsillo, de pan negro y tocino, de jamón y cocido humeante.
En la foto ambos aparecían caminando por un camino lleno de arboles grandísimos, la calle de la Alameda. El, vestido de guardia, elegantísimo, con un abrigo hasta debajo de la rodilla, botas negras de cuero y un cigarrillo en la mano derecha, la otra mano enganchada a la de ella que respiraba vida por todos sus poros, con pelo largo, castaño claro ondulado, un traje de chaqueta marrón y zapatos negros de charol con pendientes, casi se podía sentir la conversación. El fotógrafo había captado aquel momento de amor y ese testimonio se conservaba intacto en su pequeña billetera de cuero.
El día que la vio por primera vez fue a su llegada a Galicia. La muerte de su padre era una obsesión. Nunca supo cuál lugar fue el fusilamiento, siempre dijeron que fue en Espejo, no hubo restos que guardar, ni cuerpo que velar, no hubo certezas y confirmaciones de esa muerte. Siempre estuvieron esperando algo. Pasaban los años y seguían esperando algo. Su madre murió esperando aquella noticia para hacer el funeral. Para el su padre siempre fue un héroe, a su muerte todo cambió y una gran mayoría de la gente del pueblo les dio la espalda. Se quedaron sin nada, les quitaron la casa, los muebles, y hasta la ropa, los expulsaron, ellos eran culpables, ¿pero culpables de qué y por qué?
En esa guerra, ni en ninguna guerra había compasión.
R.T.
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